Al principio sentí que el cerebro se espesaba, que empezaba a solidificarse dentro del cráneo a fuerza de estar tumbado en la cama, en el sofá o por el suelo. No recordaba un resfriado con unas fiebres tan violentas (quizás las de aquel viaje a la India, pero que mas da, ningún recuerdo del dolor es más punzante que el del presente, quizás sólo el del miedo).
Sea como fuese algo raro le pasaba a mi cerebro. Ahora sentía que estaba empezando a adoptar una forma como de pasta madre, de esas que se utilizan para hacer pan. Así, siguiendo con el delirio de mi imaginación, empecé a creer que si alguien me hubiese abierto la cabeza, esta masa, que un día fue mi cerebro, abría perdido todas su rugosidades y que apestaría a vino rancio, a cantina enmohecida. Esta idea fue tomando cuerpo conforme la cimentaba con teorías sobre la carencia de ventilación del cráneo o de la putrefacción por asfixia de algunas partes debido a las imperfecciones de mi cabeza (siempre he pensado que un buen masaje al nacer hubiese solucionado muchos de mis problemas). Todo ello me valió para convencerme de que mi cerebro estaba mutando. Lo sentía como despegado de las paredes, y si me movía con la velocidad que me es característica, golpeaba a ambos lados y tardaba unos segundos, entre vaivenes, en recuperar su posición inicial como si de una brújula se tratase.
Temiendo que fuera demasiado tarde empecé a escribir. Ya no sabía bien si se estaba secando como una pasa o si iba a acabar derritiéndose. Fuera el demasiado espacio lo que hacía daño o la presunta rigidez del “músculo”, lo cierto es que me dolía, me dolía la testa por dentro como nadie sabe. Me planté delante de la libreta, con la música bajita y con poca luz. Por lo visto, descubrí posteriormente, los ojos están conectados directamente con el cerebro, atados como con cuerdas al volumen encefálico. Imagino que, entre otras funciones, para sujetarlo cuando hacemos la croqueta ladera abajo, nos caemos de la bici o en otras de las muchas posturas acrobáticas que gustamos experimentar. De este modo, sujeto por cada una de las cuerdas de cada ojo, el cerebro evita ponerse panza arriba y fenecer como un escarabajo verde. Quizás por esto, en algunos casos, las personas con un fuerte estrabismo gozan de una inteligencia más versátil, no porque tengan un punto de vista diferente, como suele decirse, sino porque de modo natural le otorgan un movimiento diferente a su cerebro, más ingenioso y osado, sin llegar a volcarlo.
Todo esto para decir que los ojos también me dolían en un modo tremendo y necesitaba poca luz en mi última oportunidad de convertirme en escritor, antes de perder la cabeza.
Sea como fuese algo raro le pasaba a mi cerebro. Ahora sentía que estaba empezando a adoptar una forma como de pasta madre, de esas que se utilizan para hacer pan. Así, siguiendo con el delirio de mi imaginación, empecé a creer que si alguien me hubiese abierto la cabeza, esta masa, que un día fue mi cerebro, abría perdido todas su rugosidades y que apestaría a vino rancio, a cantina enmohecida. Esta idea fue tomando cuerpo conforme la cimentaba con teorías sobre la carencia de ventilación del cráneo o de la putrefacción por asfixia de algunas partes debido a las imperfecciones de mi cabeza (siempre he pensado que un buen masaje al nacer hubiese solucionado muchos de mis problemas). Todo ello me valió para convencerme de que mi cerebro estaba mutando. Lo sentía como despegado de las paredes, y si me movía con la velocidad que me es característica, golpeaba a ambos lados y tardaba unos segundos, entre vaivenes, en recuperar su posición inicial como si de una brújula se tratase.
Temiendo que fuera demasiado tarde empecé a escribir. Ya no sabía bien si se estaba secando como una pasa o si iba a acabar derritiéndose. Fuera el demasiado espacio lo que hacía daño o la presunta rigidez del “músculo”, lo cierto es que me dolía, me dolía la testa por dentro como nadie sabe. Me planté delante de la libreta, con la música bajita y con poca luz. Por lo visto, descubrí posteriormente, los ojos están conectados directamente con el cerebro, atados como con cuerdas al volumen encefálico. Imagino que, entre otras funciones, para sujetarlo cuando hacemos la croqueta ladera abajo, nos caemos de la bici o en otras de las muchas posturas acrobáticas que gustamos experimentar. De este modo, sujeto por cada una de las cuerdas de cada ojo, el cerebro evita ponerse panza arriba y fenecer como un escarabajo verde. Quizás por esto, en algunos casos, las personas con un fuerte estrabismo gozan de una inteligencia más versátil, no porque tengan un punto de vista diferente, como suele decirse, sino porque de modo natural le otorgan un movimiento diferente a su cerebro, más ingenioso y osado, sin llegar a volcarlo.
Todo esto para decir que los ojos también me dolían en un modo tremendo y necesitaba poca luz en mi última oportunidad de convertirme en escritor, antes de perder la cabeza.
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