Todo lo que voy a contar
ahora mismo es verídico, aunque por eso sea más triste y aunque
muchos de vosotros no os lo creáis.
Todo sucede así, como
las cosas normales, una detrás de otra y sin darte cuenta. Sin darme
cuenta estoy en un coche y está lloviendo, no me pregunto que hago
aquí porque tampoco me sorprende. Todo es normal sencillamente
porque sucede. Ella tiene novio, desde hace 6 años, así lo ha
declarado como un escudo, protegiéndose sobretodo de si misma. Yo he
mentido. Progresivamente, en el bar, he ido confesándome hasta
contar más de lo que era necesario. He vuelto a mentir con un
discurso ambiguo. La mentira, que me tenía que ofrecer una posición
de poder privilegiada, me deja ahora más vulnerable, y la diferencia
de edad y mi cargo han pasado a provocarme un creciente desasosiego.
Nos conocemos desde hace semanas, por trabajo. Hoy hemos encontrado
la excusa para tomar algo en el bar de enfrente. La transparencia es
evidente ante todos, unos documentos que hay preparar y firmar, una
copa y para casa; pero ella empieza a hablar de mi forma de mover las
manos, de las arrugas de mi ojos y me doy cuenta que yo también he
estado observándola, podría decirle miles de detalles de su cuerpo
y de sus gestos si no pasara por un obsesivo. Me callo y le digo que
a mi también me gusta observar. Yo solo quería follar. Mi instinto
no ha cambiado, pero no entiendo porque hemos empezado a hablar de mi
pasado y del problema de sus padres. Me he visto dando consejos,
identificándome con ella y sugiriéndole, de un modo malévolo pero
sincero, que le diera un giro a su vida. Mientras oía mi propia voz
e incrementaba su ternura hacía mí, he empezado a sentirme
profundamente abatido. Al mismo tiempo, he tenido la total certeza
que no iba a ser una tía fácil y que me había vuelto a equivocar
de estrategia si es que estaba pretendiendo tener una aventura. Ella
todavía habla con los axiomas de quien, por exceso de juventud o
falta de inteligencia, sabe lo que está bien o está mal. Me
gustaría escupirle a la cara qué coño hace hablando conmigo
después de un día horrible de trabajo y por qué me ha preguntado
si volvía a pie a casa. Me subo al coche divertido, así puedo
seguir observándola. Conduce con el volante pegado a las tetas
quitándole capacidad a los brazos para maniobrar, y si fuera
precavido, debería preocuparme por mi integridad física. Cambia las
marchas bruscamente, creo que no le gusta conducir o que el
nerviosismo de la situación aumenta su ansia de control. Sigue
lloviendo, a ráfagas. Pese a todo, la conversación es del todo
relajada, anodina y en pocos minutos (ya que pensaba volver andando)
estamos cerca de mi casa sin tiempo a pensar qué va a pasar. Le hago
pasar por otra calle con el pretexto de evitar el tráfico y para que
me deje en una paralela a la mía, menos iluminada. Le digo que se
pare, miro el reloj para simular inquietud y pienso que la cena debe
de estar ya casi lista. Desde el último semáforo hemos hablado sin
mirarnos. Las luces warning marcan la precipitación en la que
se va a desarrollar todo. Mete el freno de mano y se incorpora. Bueno
– me dice – nos vemos mañana. Sí, claro – contesto buscando
las llaves en el bolsillo de la chaqueta. Me mira a los ojos por
primera vez. Te quería enseñar una cosa – le digo risueño
mientras me acerco sin pudor. Me mira, sin expresión. Saco del
bolsillo el matasuegras que aún llevo de la fiesta de Jaime y lo
soplo con fuerza mientras ella da un salto, espantada, contra la
puerta. Cuando ve el objeto se relaja y ríe como una niña, está
preciosa. Después, divertida, me manda salir del coche empujándome
del hombro sin dejarme abrir el paraguas. La saludo como si partiera
para Australia, y con el olor típico de la combustión Diesel se
diluye mi sonrisa de estúpido bajo la lluvia.
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