sábado, 15 de octubre de 2011

"En mi casa las banderas son al ropa tendía". Roberto Iniesta


María

- Hasta siempre María, hasta siempre!

En la memoria familiar ha quedado que con estas palabras tan desesperadas y románticas fue con las que se despidió el padre de mi abuela.
Ella lo cuenta con la misma naturalidad con la que nos recuerda el nombre de la vecina, la que en su huerto también plantaba tomates, unas acelgas muy hermosas y unas lechugas verdes, muy verdes. Mientras habla viaja al pasado con la mirada perdida. Mi hermana y yo la observamos con cariño, ya está vieja, pero no más que hace diez años. El otro día nos sorprendió a todos cuando le peguntó a mi tía qué haría ella cuando se muriera... es decir... qué haría mi abuela cuando mi tía se muriese. Por lo visto no tiene ninguna intención de morirse y quizás sea así, porque a sus 85 años sigue recordando y contando su vida llevada por esa extraña paradoja de la memoria: regresar a la infancia con más claridad cuanto más envejecida está.
Su padre, minero de profesión, viajó desde Sevilla hasta Madrid antes del alzamiento nacional para asistir a un meeting de izquierdas [me sorprende que mi abuela utilice la palabra “meeting” con la misma facilidad con la que dice (h)jigos o (h)javas]. Un viaje a Madrid que le costó la vida años más tarde. Por fortuna, el camión que les acompañaba a un destino que no estaba escrito, pasó por delante de la puerta de la casa. Mi bisabuelo, consciente de la realidad impuesta y con una resolución que no estoy capacitado para imaginar, quiso despedirse de su María de la única forma que podía, gritando, gritando un “Hasta siempre” que durará para siempre en nuestra memoria.
Lo de decir la j en lugar de la h viene de Extremadura porque, en una de las muchas vueltas que han dado mis familiares en busca de algo mejor, fueron a parar a la Puebla de la Calzada, y allí, aunque sepan cuando se escribe la h muda, se sienten más a gusto pronunciando jambre que no hambre.
Cuando mi abuela se arranca a hablar ininterrumpidamente, mezclando episodios trascendentales para entender nuestros origines con acontecimientos insignificantes de hace sesenta años, siempre le lloran los ojos. Y es verdad que, desde que la operaron y le introdujeron las lentillas dentro de las córneas, ha podido librarse de sus gafas de culo de vaso y de la neblina de las cataratas, pero al parecer sus lagrimales no aceptan al nuevo intruso, y de vez en cuando le van cayendo unos lagrimones enormes, que dan un tono de lo mas emotivo a todo lo que cuenta.
La memoria familiar también cuenta que en una de esas vueltas decidieron probar suerte en Barcelona. Pero si hay que ser honestos lo decidió ella sola. Curiosamente cuando mi abuelo estaba vivo,apenas se la oía, aunque siempre se hacia lo que ella quería. Sin embargo, desde hace ya unos años, mi abuela habla mucho pero pocos le prestamos demasiada atención. Que vendieran los muebles para pagar el taxi hasta la ciudad Condal y que ni ella ni su madre (la María) tuvieran la menor idea de lo lejos que estaba, poco importa para lo que trato de explicar:
En un barrio obrero de la metropolis de Barcelona vivían dos familias; una en el 2° 4° y la otra en el 2° 3°, ambas con másters en “Conflictos socio-culturales de la inmigración española y la crisis de identidad”. En el 2° 4° había una hija mayor que soñaba con montar a caballo y ser bailarina de ballet, mientras que en el 2° 3° había un hijo menor y hermano pequeño que soñaba que soñaba.
Se conocieron, se casaron y fueron felices comiendo perdices (me imagino) en su viaje de novios por media Europa, y luego llegó mi hermana, y tres años mas tarde yo.

Veintisiete años después de este acontecimiento mundial, estoy escribiendo en mi libreta para no olvidarme de las batallitas de mi abuela. Estoy atravesando España en la linea de autobuses Bcn-Valladolid y hace poco nos hemos parado a comer. He bajado del autobus medio encarcarado y me he sentado al lado de un hombre que rondaba los sesenta años y viajaba solo. No parecía tener prisa allá dónde fuera, porque se deleitaba comentando cada noticia en voz alta, mientras se le enfriaba un plato combinado de canalones precocinados con una ensalada y una cerveza. Cuando ha llegado la hora de los deportes no se ha hablado de otro tema que del Barça-Madrid y cuando me ha acosado preguntándome de qué equipo era, ha escrutado mis ojos como si fuese la maquina de la verdad. Le he respondido que no era muy fanático del fútbol, aunque prefería ser del Barça. Inmediatamente después me ha preguntado inquisitivamente si era catalàn. A mi respuesta afirmativa ha sentenciado contrariado que no tenía mucho acento. Entonces, como si tuviese que justificarme de algo, he empezado a explicarle que mi madre nació en Albox, Almerìa, pero que cuando tenía dos añitos emigraron al sur de Francia par trabajar en la viña hasta que ella cumplió 16 años, que mi padre nació en Sevilla, se crió en Extremadura y creció (metafóricamente) en Barcelona, porque mi padre es muy bajito, pero que él tampoco tiene acento andaluz, ni extremeño, ni habla Catalán tampoco. Inmediatamente me ha preguntado si yo lo hablaba. Le he dicho que sí, que en el cole estudiaba básicamente en Catalán y que los dibujos animados siempre los había visto en ese idioma, pero que en casa y con los amigos siempre hablaba castellano. Español querrás decir, ha recriminado. Entonces le he explicado que en Barcelona nunca decimos Español, sino Castellano, evitando echarle el rollo de que dentro del Español también está el Argentino, el Mejicano y el Castellano, por ejemplo. La conversación ha finalizado con la siguiente sentencia:

  • Ya decía yo que no tenías pinta de catalán-catalán.

Entonces, ese estúpido merluzo, carcomido por la falsa seguridad que le proporcionan sus rancios prejuicios, se ha largado inmediatamente y me ha dejado allì: con mi bocata de jamòn amb pà amb tomàquet que me he traído de casa y una profunda crisis de identidad, que también me he traído de casa. Maldita España, qué asco de Catalunya, al final voy a hacer como Saramago, voy a decir que soy de Iberia, total conozco igual de mal a los portugueses que a los murcianos, a los riojanos o a los valencianos, por no hablar de la gente de Canarias, Ceuta o Melilla. Cuando se me pase la rabia inicial quiero entender mejor la situación. Me gustaría aprovechar este encuentro y el sentimiento de confusión que me afecta para sacar algo de provecho. España es un país curioso, tan curioso que no me puedo sentir a gusto pronunciando su nombre, tan curioso que el himno nacional no tiene letra, tan curioso que nación tiene diversos significados dependiendo de donde se pronuncie. ¡Podríamos cambiar el nombre, unamos Portugal y España y pasemos a llamarnos Iberia! Que es más ancestral que la incomprensible necesidad de las banderas. ¿Los íberos? ¿Le habría gustado esa palabra a mi bisabuelo? Quizás en ese meeting de Madrid hablaron precisamente de eso… o quizás… si no hubieran fusilado a mi bisabuelo tan sólo por lo que pensaba no sería necesario cambiarle el nombre a este país, ni tener que dar explicaciones en un bar de carretera por sentirme catalán, ni ver como mi abuela se limpia las lágrimas recordando la voz asustada de su padre despidiéndose desde un camión.

                                                                                                                                                                                                                                                                              Para la Abuela Antonia

No hay comentarios:

Publicar un comentario