miércoles, 19 de octubre de 2011

Mi generación


Estábamos mi perro y yo atravesando olivos abandonados en la costa ligure cuando nos asustaron los ladridos de otro perro. Nos acercamos con prudencia a la valla de donde provenían, parecía algo vieja y no estaba seguro de que ese perro estuviera encerrado. Al acercarme más lo vimos allí: un perro de mediana estatura, negro, aún joven, en su jaula de 2 metro cuadrados, ladrando desesperadamente. Giraba sobre si mismo pegado a la valla, una y otra vez, desquiciado. No podía hacer nada más. Giraba como si intentase darle la vuelta a la situación, estar de nuestro lado. Parecía que quería quemar su impotencia de ese modo. Alrededor ni rastro de dueño o casa. Estaba allí solo, cumpliendo su función. Me di cuenta de que no nos ladraba ni siquiera a nosotros; ladraba su situación, ladraba la injusticia de estar allí encerrado y lleno de energía, consumiéndose entre ladridos y los miedos de ruidos ajenos que pasaban cerca de él. Ladró durante mucho rato, mucho más del que estuvimos frente a él. Luego dejó de girar sobre si mismo y de repente se calló. Entonces pensé que ese perro podría representar perfectamente a mi generación. 



¡LADRA!

Hacen falta más ladridos, porque evidentemente están entrando en nuestra casa.
Hay que ladrar como perros rabiosos, porque nos han robado la comida y pretenden que nos conformemos con galletas secas compradas en supermercados baratos.
¡Hay que ladrar, coño!
Es el momento de enseñar los dientes, para que no se nos meen en la cara y además sonrían cínicamente diciendo que es por nuestro bien.
Somos perros bastardos, la raza de las mil leches que esta aquí, ¿qué podemos hacer?
¡Inventemos nuestro propio futuro!
No tenemos un nombre porque somos demasiados, pero queramos o no, ellos ya nos han etiquetado:  
Somos mercancía, somos el excedente de la cultura moderna, de la producción en cadena.

Hay que ladrar, PERO SIN MORDER, no permitamos que nos conviertan nunca más en el enemigo que necesitan.
No somos perros salvajes.
Nosotros sólo somos perritos buenos y educados que no quieren llevar bozal y que no quieren contentarse más con golosinas, perritos que han aprendido a LADRAR.

¡Hay que ladrar para que nos vean y nos escuchen, ladrar para recordarles que estamos aquí y que también queremos participar de nuestro tiempo!

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