martes, 1 de noviembre de 2011

El juego del “Pilla-pilla”


¿Se acuerdan del juego de persecución del “Pilla-pilla”? ¡Era tan simple! Quizás por eso resultaba tan divertido.
Sencillamente se jugaba así: se delimitaba un terreno aproximado (si era demasiado grande no tenía gracia), en él se adentraban todos los participantes y uno de ellos empezaba a pillar. La mayoría de las veces la elección del primero era del todo injusta: llegar el último, ser gordo, llevar gafas, o no ser de la panda. Entonces todos corrían burlando al que pillaba para incitarlo, más o menos como hacen los picadores con los toros, de manera que el gordo de turno diese lo mejor de sí mismo. El novato corría intentando pillar a alguien, y en eso residía el divertimento. Cuando conseguía tocar a uno, se daba el relevo, y el juego de velocidad, reflejos y burla continuaba. Más problemas había cuando este primero, dejándose la piel, se disponía a atrapar a uno de los de la panda para ganarse el respeto del resto. Entonces, cuando los dedos del vecino recién llegado estaban a punto de atraparlo, éste daba un salto, se subía a un banco, y haciendo un mix entre el Pilla-pilla y la Peste Alta gritaba: “¡¡Casa!!” Si los de la panda consentían la canallada y aceptaban la regla improvisada, el gafúo tenía que sudar un poco más antes de pasar al otro lado.

Yo me acuerdo a menudo del juego del Pilla-pilla. Me divierte. Será porque encuentro un sinfín de paralelismos, y creo que de alguna manera todos, aún de grandes, seguimos jugando al Pilla-pilla. No quiero pasar a la analogía, demasiado facilona, de comparar lo que sucedía en los patios asfaltados de los apartamentos de verano con lo que ocurre actualmente en el panorama mundial. Ni los canallas “abusananos” de la panda son comparables a los directivos del Fondo Monetario Internacional, la WTO (Organización Mundial del Comercio), o la Banca Mundial. Ni tampoco los gordos, ni “los pringaos”, ni los que llevaban aparatos (antes de que las estrellas pre-adolescentes los pusieran de moda) se pueden comparar con los refugiados saharauis, las niñas filipinas que cosen hasta quedarse ciegas, o las sociedades indígenas que desaparecen con la deforestación del Amazonas, aunque nos lo recuerde.
Olvidemos al niño cabrón que se inventa las reglas porque sencillamente juega en casa. Quiero ir al significado profundo que tenía pronunciar “¡¡Casa!!”. El subirte a algo y pronunciar ¡¡Casa!! suponía estar a salvo, poder respirar durante unos segundos, aliviado y protegido, para poder salir corriendo hacía otro lugar con aliento renovado.
¡Qué pedagógica me parece ahora esa palabra: ¡¡“Casa”!! Es casi mágica.
Piensen ahora cuántas veces, durante el último mes, no hubieran pronunciado ustedes la palabra mágica de haberla recordado. Poder detener el tiempo, encontrar un lugar interior donde levantar la cabeza, analizar con una mirada la situación a su alrededor, coger aire, y lanzarse de nuevo al juego. Ahora, en este periodo asfixiante, rodeados de situaciones y dirigentes infames, me parece que tomarse la vida como un juego sea una decisión tan temeraria como acertada. Sólo quiero que piensen en que, nos guste o no, ya estamos participando en el juego. De ahí que en estos días me pregunte: ¿Dónde está mi “¡¡Casa!!”? 
Piensen en ello, piénsenlo...

No hay comentarios:

Publicar un comentario