Y si empezara a escribir quizás estaría meses, o quizás años. Superando
el tiempo, me escondería entre las letras y te hablaría sin miedo a
perderte hasta quedarme sin palabras, en ese punto en el que una mirada
expresa todo el vacío del interior. Te cogería de la mano, como en mis
sueños, y te acompañaría por la calle de la vía enterrada,
miraríamos los cactus y el olor de los limoneros nos abrazaría en una
sonrisa cómplice. Tus temores pasarían de mi mano a mis pies, y a cada
paso se quedarían pegados al alquitrán caliente del verano, para no
volver más. Nos miraríamos como al principio, llenos de futuro, y
bastaría un beso para sellar algún sonido que pretendiera romper la
belleza y la totalidad del silencio. Un silencio eterno ante el mar,
solo sintiendo tu mano encima de la mía. Tu piel encima de la mía, tu
aliento cerca del mío, casi sin espacio para respirar; nuestras sienes
juntas, mirando hacía adelante, mirando la línea efímera que separa el mediterráneo del cielo que, anochecido, nos devuelve nuestros miedos. Pero
con cada ola iría un suspiro y el alma poco a poco se liberaría de
pretensiones, y aprenderíamos a vivir en presente.
Blog de Alberto Ramírez. Sapere Aude o “la audacia de saber” es un blog de reflexiones y creación literaria.
sábado, 7 de junio de 2014
miércoles, 7 de mayo de 2014
Así estamos
Aquí me tengo, cobarde (una herencia odiosa), escuchando a los viejos compañeros de la Universidad. Ahí están, anacrónicos, de nuevo Antonio y Miguel, poniéndome en entredicho, tambaleando un alma que quisiera, como la de los poetas, que fuera de encima.
Aquí me tienes, esperando los despojos de tu cariño, de nuestra historia. Mal vivo de recuerdos felices, sorprendido de no recordar más las discusiones y el desprecio.
Camino en silencio, abarrotado de ruido de gentes, de olas y portazos, lleno de soledad.
Miro a los demás cómo me miran, que me miran, y sonrío neciamente. No sé qué puedo decirles; no pueden con tus abrazos, con tu perfume de sábanas, con tu caricia infantil.
Me siento como uno de esos conocidos a los que se saluda por la calle con entusiasmo, con tanta distancia. Vas y vienes y no llego a entender de o a dónde. Confieso que tuve que ser un gran coñazo, una llaga en la planta del pie estos años, con mi ansia por ser, con mi necesidad de tiempo y de espacio hasta entender que no había ni uno ni otro, mientras siguiera esperando. Que ser no era una finalidad sino un acto en sí mismo, un infinito presente que fluye, una combinación preciosa (casi obra de orfebrería) entre la pasión y la indiferencia, la temeridad y el raciocinio, entre el amor y la libertad, entre tú y yo.
Cuando puedo me suspiro, y me río de mi y de todo el mundo, y sólo me quedo serio ante la luna, tan misteriosa con su brillo como la luz que busco en mi interior.
Ardo, quisiera dejar de pensarme para superar todas estas tribulaciones onanistas e insanas que empañan la vista.
Quedo mudo, miro e intento perdonar. Dejo que me crezcan las manos, que la garganta se ensanche, que la piel resbale sin miedo a caer y que huya el odio, que se quede sin espacio.
Tanta prisa, tanta prisa vacía... tanta soledad encubierta...tanta inseguridad fatal nos tiene este tiempo del capitalismo hediondo, cansados y perdidos, enemigos del vecino, aduladores de las armas, Miguel.
Todo vendido, todo vendido a los hijos de la técnica y la especialización, a los expertos de las vidas ajenas.
- La guerra madre, la guerra... - , decías, entre lágrimas, Miguel.
La violencia es pasiva, a ráfagas tan contundente que achica los corazones.
La impunidad nos roba valientes y se pierde el rumbo; nos llamarán a la guerra cuando se sientan ya preparados, cuando estemos solos ante la tele con una cerveza cansina en la mano.
Han perdido los bares su humo, y parece que con él su silla y su bastón. No se encuentra un purito ni una copa de coñac, ¿Se han muerto los bares, Antonio?, ¿quién ha quemado las tertulias y las residencias?, ¿se han ido ya los estudiantes, señor Mairena?
Aquí me tienes, esperando los despojos de tu cariño, de nuestra historia. Mal vivo de recuerdos felices, sorprendido de no recordar más las discusiones y el desprecio.
Camino en silencio, abarrotado de ruido de gentes, de olas y portazos, lleno de soledad.
Miro a los demás cómo me miran, que me miran, y sonrío neciamente. No sé qué puedo decirles; no pueden con tus abrazos, con tu perfume de sábanas, con tu caricia infantil.
Me siento como uno de esos conocidos a los que se saluda por la calle con entusiasmo, con tanta distancia. Vas y vienes y no llego a entender de o a dónde. Confieso que tuve que ser un gran coñazo, una llaga en la planta del pie estos años, con mi ansia por ser, con mi necesidad de tiempo y de espacio hasta entender que no había ni uno ni otro, mientras siguiera esperando. Que ser no era una finalidad sino un acto en sí mismo, un infinito presente que fluye, una combinación preciosa (casi obra de orfebrería) entre la pasión y la indiferencia, la temeridad y el raciocinio, entre el amor y la libertad, entre tú y yo.
Cuando puedo me suspiro, y me río de mi y de todo el mundo, y sólo me quedo serio ante la luna, tan misteriosa con su brillo como la luz que busco en mi interior.
Ardo, quisiera dejar de pensarme para superar todas estas tribulaciones onanistas e insanas que empañan la vista.
Quedo mudo, miro e intento perdonar. Dejo que me crezcan las manos, que la garganta se ensanche, que la piel resbale sin miedo a caer y que huya el odio, que se quede sin espacio.
Tanta prisa, tanta prisa vacía... tanta soledad encubierta...tanta inseguridad fatal nos tiene este tiempo del capitalismo hediondo, cansados y perdidos, enemigos del vecino, aduladores de las armas, Miguel.
Todo vendido, todo vendido a los hijos de la técnica y la especialización, a los expertos de las vidas ajenas.
- La guerra madre, la guerra... - , decías, entre lágrimas, Miguel.
La violencia es pasiva, a ráfagas tan contundente que achica los corazones.
La impunidad nos roba valientes y se pierde el rumbo; nos llamarán a la guerra cuando se sientan ya preparados, cuando estemos solos ante la tele con una cerveza cansina en la mano.
Han perdido los bares su humo, y parece que con él su silla y su bastón. No se encuentra un purito ni una copa de coñac, ¿Se han muerto los bares, Antonio?, ¿quién ha quemado las tertulias y las residencias?, ¿se han ido ya los estudiantes, señor Mairena?
Fracaso es no intentarlo
La Felicidad es esa puerta que se cierra al amanecer para que siga durmiendo. La Tristeza, mirarme las manos morenas, preparadas para el cansancio, estáticas. Los bolígrafos llenos de tinta y los ojos repletos de deseos, mudos, esa es la Impotencia. Y tus susurros y tus piernas llenas de ternura, ahora, la Crueldad. Mi compañía, en soliloquio, es un tedioso amigo y tus gritos y tus amenazas, hoy, son el Olvido. El futuro es una horrible pesadilla que no me deja vivir el presente, y me da miedo sentirme tan frágil y tan dignamente firme ante este viento que me está calando hasta los huesos, llevándose la inocencia necesaria para dar un paso más, sin perder el equilibrio. El Fracaso es no intentarlo.
Capitán sin tripulación
Quiero
hacerte llorar y poder llorar contigo.
Llorarlo
todo, meses enteros llorando,
inundando
esta habitación,
empapando
de lágrimas las espaldas
hasta
que ya no quede nada
y
puedas salir nadando de ese vacío,
mientras
te miro con un silencio impaciente,
para
llevarte en mi barca.
Quién
sabe si más tarde nacerán nuevos mares
con
mi olor y mis preocupaciones,
quién
sabe el rumbo y a quién de los dos le importa eso,
ahora,
déjame
que te lleve en mi barca,
déjame
ser tu viaje que estoy cansado de ser capitán sin tripulación...
quién
sabe más tarde si nos saludaremos, como dos corrientes,
con
otras velas...
Ahora,
déjame
llevarte con este viento que ha nacido en ti.
lunes, 1 de abril de 2013
Y se fue...
Ahora en la casa de los
hombres buenos está mi abuelo. Allí, junto a otros paisanos, se
cuentan sus historias, se envalentonan y juegan a las cartas
pegaditos a la lumbre. Fuman, beben y hablan de sus mujeres, sus
pecados y sus hijos. Alguna vez lloran y se abrazan, otras se
enzarzan en discusiones sobre política y toros, y veces también se
gritan, rompen sus copas y se levantan de la mesa sin llegar a las
manos. Cuando llega la madrugada, ya cansados de escuchar machadas y
bravuconerías, limpian sus navajas de restos de comida, recogen las
cartas y apuran los vasos de vino, se encalan sus gorras y se cuelgan
la chaqueta al hombro para irse a la cama.
Embotado de vino y de
recuerdos mi abuelo se sonríe y piensa que Dios se ha equivocado con
todos esos canallas. Lo que no sabe es que solo los hombres buenos
temen no serlo.
viernes, 15 de marzo de 2013
Me lo contó todo
Lo conocí en el café del conservatorio, estaba borracho y me lo contó todo.
No lo había visto antes aunque siempre paso por allí, estaba apoyado en una de esas mesillas gélidas de mármol blanco y bebía solo. Parecía satisfecho, casi orgulloso.
Me gusta este local, su ambiente de bohemia, el espacio reducido, las paredes llenas de discos y de cantantes que desconozco. La parsimonia con la que habla y se mueve el camarero le da un aire de atemporalidad.
Me senté cerca de él, no recuerdo cómo empezó a hablar. Tras la riada de palabras me dio la mano, pagos todas las rondas y se esfumó. Ahora trato de escribir en la misma mesa lo que me contó.
Le bastó un capuccino para perder el control, dijo. No podía aguantar más, conscientemente se sentó delante de su croissant y se dispuso a bañarlo en su café (esta vez con cafeína). Tras la ingestión, relamió la espuma de sus labios y se entregó a la observación por la vitrina del café como un pasmarote. Mirando sin ver, el corazón empezó a batirle con fuerza y abrió la boca para respirar. Entonces fijó la vista en su lectura, “La vía del Buddha”. No iba a lograrlo, eso lo atemorizaba. La saliva amarga del café empezó a espesarse dificultándole la deglución. Los ojos se le humedecieron, pero no iba a llorar, era otro sentimiento el que le atenazaba la garganta. El dedo índice empezó a repiquetear la mesa de modo autónomo y la espalda se contrajo en un escalofrío sin fin. Empezó a murmurar, luego a castañear los dientes, sintió un ridículo infantil que quedó disipado al percatarse de que, tanto el camarero como la pareja de enfrente, estaban descaradamente girados mirándolo. Los dedos empezaron a estrangularse adoptando posturas imposibles y grotescas. Tuvo ganas de pedir ayuda, pero no lo hizo. Su cerebro ardía, los pensamientos se tropezaban, pero en su rostro no había expresión alguna de miedo, solo de sorpresa. El pechó le dolió como uno de aquellos puñetazos de su hermano, quiso gritar pero balbuceaba, apenas gemía. Todo su interior se estaba contrayendo y por fin se dio el permiso. Oyó un ruido seco. Pensó – me voy – y se despidió de la pareja, del camarero y de sí mismo.
Todos piensan ahora que desde el ataque epiléptico es otra persona, que ha cambiado y tiene menos manías. Parece que, paradójicamente, aquello le fue bien; que era, como se diría, casi necesario. Pep, el camarero (que siempre ha sido un poeta) sostiene que las tremendas convulsiones con las que se sacudió por el suelo le sirvieron de purificación, que con cada espasmo purgaba la crueldad de un pasado hostil. Ella (que está a punto de acabar la especialización en psicoterapia) argumenta con su pareja que el episodio supuso el punto de inflexión de una vida represiva y colmada de dependencias familiares, afirma también que el ataque fue una respuesta psicosomática a un colapso emocional de búsqueda de la propia identidad, el fruto de una violencia pasiva perpetuada durante años contra sí mismo. El novio asiente, aunque en su interior piensa que ese tipo de cosas solo le pasan a los raritos que no pillan cacho o a gente que tiene tiempo para esos problemas.
Sin embargo él sabe que no, que no fue el ataque, ni las poéticas convulsiones, ni el tedio de su madre ni la falta de afecto. Todo pasó antes. Un instante antes, cuando pidió aquel café y tomó la decisión de dejarse llevar por primera vez en su vida.
No lo había visto antes aunque siempre paso por allí, estaba apoyado en una de esas mesillas gélidas de mármol blanco y bebía solo. Parecía satisfecho, casi orgulloso.
Me gusta este local, su ambiente de bohemia, el espacio reducido, las paredes llenas de discos y de cantantes que desconozco. La parsimonia con la que habla y se mueve el camarero le da un aire de atemporalidad.
Me senté cerca de él, no recuerdo cómo empezó a hablar. Tras la riada de palabras me dio la mano, pagos todas las rondas y se esfumó. Ahora trato de escribir en la misma mesa lo que me contó.
Le bastó un capuccino para perder el control, dijo. No podía aguantar más, conscientemente se sentó delante de su croissant y se dispuso a bañarlo en su café (esta vez con cafeína). Tras la ingestión, relamió la espuma de sus labios y se entregó a la observación por la vitrina del café como un pasmarote. Mirando sin ver, el corazón empezó a batirle con fuerza y abrió la boca para respirar. Entonces fijó la vista en su lectura, “La vía del Buddha”. No iba a lograrlo, eso lo atemorizaba. La saliva amarga del café empezó a espesarse dificultándole la deglución. Los ojos se le humedecieron, pero no iba a llorar, era otro sentimiento el que le atenazaba la garganta. El dedo índice empezó a repiquetear la mesa de modo autónomo y la espalda se contrajo en un escalofrío sin fin. Empezó a murmurar, luego a castañear los dientes, sintió un ridículo infantil que quedó disipado al percatarse de que, tanto el camarero como la pareja de enfrente, estaban descaradamente girados mirándolo. Los dedos empezaron a estrangularse adoptando posturas imposibles y grotescas. Tuvo ganas de pedir ayuda, pero no lo hizo. Su cerebro ardía, los pensamientos se tropezaban, pero en su rostro no había expresión alguna de miedo, solo de sorpresa. El pechó le dolió como uno de aquellos puñetazos de su hermano, quiso gritar pero balbuceaba, apenas gemía. Todo su interior se estaba contrayendo y por fin se dio el permiso. Oyó un ruido seco. Pensó – me voy – y se despidió de la pareja, del camarero y de sí mismo.
Todos piensan ahora que desde el ataque epiléptico es otra persona, que ha cambiado y tiene menos manías. Parece que, paradójicamente, aquello le fue bien; que era, como se diría, casi necesario. Pep, el camarero (que siempre ha sido un poeta) sostiene que las tremendas convulsiones con las que se sacudió por el suelo le sirvieron de purificación, que con cada espasmo purgaba la crueldad de un pasado hostil. Ella (que está a punto de acabar la especialización en psicoterapia) argumenta con su pareja que el episodio supuso el punto de inflexión de una vida represiva y colmada de dependencias familiares, afirma también que el ataque fue una respuesta psicosomática a un colapso emocional de búsqueda de la propia identidad, el fruto de una violencia pasiva perpetuada durante años contra sí mismo. El novio asiente, aunque en su interior piensa que ese tipo de cosas solo le pasan a los raritos que no pillan cacho o a gente que tiene tiempo para esos problemas.
Sin embargo él sabe que no, que no fue el ataque, ni las poéticas convulsiones, ni el tedio de su madre ni la falta de afecto. Todo pasó antes. Un instante antes, cuando pidió aquel café y tomó la decisión de dejarse llevar por primera vez en su vida.
jueves, 7 de marzo de 2013
VERÍDICO
Todo lo que voy a contar
ahora mismo es verídico, aunque por eso sea más triste y aunque
muchos de vosotros no os lo creáis.
Todo sucede así, como
las cosas normales, una detrás de otra y sin darte cuenta. Sin darme
cuenta estoy en un coche y está lloviendo, no me pregunto que hago
aquí porque tampoco me sorprende. Todo es normal sencillamente
porque sucede. Ella tiene novio, desde hace 6 años, así lo ha
declarado como un escudo, protegiéndose sobretodo de si misma. Yo he
mentido. Progresivamente, en el bar, he ido confesándome hasta
contar más de lo que era necesario. He vuelto a mentir con un
discurso ambiguo. La mentira, que me tenía que ofrecer una posición
de poder privilegiada, me deja ahora más vulnerable, y la diferencia
de edad y mi cargo han pasado a provocarme un creciente desasosiego.
Nos conocemos desde hace semanas, por trabajo. Hoy hemos encontrado
la excusa para tomar algo en el bar de enfrente. La transparencia es
evidente ante todos, unos documentos que hay preparar y firmar, una
copa y para casa; pero ella empieza a hablar de mi forma de mover las
manos, de las arrugas de mi ojos y me doy cuenta que yo también he
estado observándola, podría decirle miles de detalles de su cuerpo
y de sus gestos si no pasara por un obsesivo. Me callo y le digo que
a mi también me gusta observar. Yo solo quería follar. Mi instinto
no ha cambiado, pero no entiendo porque hemos empezado a hablar de mi
pasado y del problema de sus padres. Me he visto dando consejos,
identificándome con ella y sugiriéndole, de un modo malévolo pero
sincero, que le diera un giro a su vida. Mientras oía mi propia voz
e incrementaba su ternura hacía mí, he empezado a sentirme
profundamente abatido. Al mismo tiempo, he tenido la total certeza
que no iba a ser una tía fácil y que me había vuelto a equivocar
de estrategia si es que estaba pretendiendo tener una aventura. Ella
todavía habla con los axiomas de quien, por exceso de juventud o
falta de inteligencia, sabe lo que está bien o está mal. Me
gustaría escupirle a la cara qué coño hace hablando conmigo
después de un día horrible de trabajo y por qué me ha preguntado
si volvía a pie a casa. Me subo al coche divertido, así puedo
seguir observándola. Conduce con el volante pegado a las tetas
quitándole capacidad a los brazos para maniobrar, y si fuera
precavido, debería preocuparme por mi integridad física. Cambia las
marchas bruscamente, creo que no le gusta conducir o que el
nerviosismo de la situación aumenta su ansia de control. Sigue
lloviendo, a ráfagas. Pese a todo, la conversación es del todo
relajada, anodina y en pocos minutos (ya que pensaba volver andando)
estamos cerca de mi casa sin tiempo a pensar qué va a pasar. Le hago
pasar por otra calle con el pretexto de evitar el tráfico y para que
me deje en una paralela a la mía, menos iluminada. Le digo que se
pare, miro el reloj para simular inquietud y pienso que la cena debe
de estar ya casi lista. Desde el último semáforo hemos hablado sin
mirarnos. Las luces warning marcan la precipitación en la que
se va a desarrollar todo. Mete el freno de mano y se incorpora. Bueno
– me dice – nos vemos mañana. Sí, claro – contesto buscando
las llaves en el bolsillo de la chaqueta. Me mira a los ojos por
primera vez. Te quería enseñar una cosa – le digo risueño
mientras me acerco sin pudor. Me mira, sin expresión. Saco del
bolsillo el matasuegras que aún llevo de la fiesta de Jaime y lo
soplo con fuerza mientras ella da un salto, espantada, contra la
puerta. Cuando ve el objeto se relaja y ríe como una niña, está
preciosa. Después, divertida, me manda salir del coche empujándome
del hombro sin dejarme abrir el paraguas. La saludo como si partiera
para Australia, y con el olor típico de la combustión Diesel se
diluye mi sonrisa de estúpido bajo la lluvia.
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